¿Quién hace milagros: la mujer o el director?

La capital poblana actualmente concentra el grueso de la oferta cultural diaria, como supongo que lo hace cualquier capital de cualquier estado, o la Ciudad de México a nivel país. Siendo así, se hace necesario, por no decir obligatorio, que quien deseé ver casi cualquier evento cultural se traslade a la Angelópolis volviendo así a la polémica del centralismo de la cultura en nuestro país.



Tema por demás engorroso y en el que este humilde opinador naufragaría entre la pléyade de expertos en dicho menester y sus respectivos argumentos. Por eso lo dejaremos, si me permite el lector, para otro día.


Toca el turno de decir que me trasladé a la ciudad de Puebla, ya que tuve muchas ganas de ir a ver una

de las puestas en escena que está en cartelera: LA MUJER NO HACE MILAGROS, basada en el texto del

maestro Rodolfo Usigli, que escribió por allá del año 1938. Y digo basada porque esta versión de la obra, no sólo está dirigida por Adonai Palacios, joven director egresado del Colegio de Arte Dramático de la BUAP, sino que también es su adaptador.



Pero no iré tan rápido. Primero, un pequeño resumen de lo que es la obra en sí: LA MUJER NO HACE MILAGROS, habla acerca de una familia aburguesada, mas no burguesa, mexicana venida a menos en el actual mundo (originalmente se centra a finales de los años 40, es decir, al final del cardenismo). Por supuesto hay que tomar en cuenta la época en que fue escrita cuando hablemos de la adaptación, como

ya hemos dicho, pero que se considera una pieza que inició un movimiento de renovación teatral en el México de aquella época. La familia Rosas es la protagonista de esta historia: la madre, jefa de familia e incuestionable yugo familiar, que trata de lidiar y mantener el status social (perdido ya) de ella, de sus tres hijos y de su hija Herminia y sus escandalizantes relaciones de noviazgo.


El texto, hay que decirlo, es una excelente comedia en tres actos, digna de ser recordada y valorada por las nuevas generaciones de futuros licenciados en Arte Dramático. Pocos podrían decir, en la madurez de su carrera como dramaturgos, que han llegado a la excelencia de escritura para ponerse al tú por tú con Usigli. Mis respetos al autor de la trilogía de “Las Coronas”.



Si me lo permite el lector, empezaré con mi opinión acerca de la adaptación y de la dirección, para pasar después a la actuación y por último a los comentarios generales que tengo con respecto a la propuesta. Que nuevamente cabe hacer mención, son mi opinión personal y no crítica punzante (porque de que hay sentidos, los hay.)


Si eliges un texto de 1938, es necesario adaptarlo al mundo actual. Las situaciones planteadas en la obra original, pueden parecer tontas o graciosas en el 2019. Una llamada a un teléfono fijo puede resolverse con una llamada a celular. O ¿por qué preocuparse por mandar una carta por correo cuando con un mensaje de texto es suficiente? Estas pequeñas adaptaciones son necesarias para que fluya la obra, y

otras tantas de vestuario y jerga lingüística le dan la fluidez que la obra requiere. Pero se debe parar hasta cierto punto ya que se corre el riesgo de hacer una re-interpretación del texto y de que el resultado final sea ya otra obra diferente.


El querido colega Adonai Palacios, a mi gusto, supo detenerse a tiempo en esta adaptación. El texto fluye, es cierto. Pero algunos diálogos tienen esa edad de más de 50 años a los cuáles los jóvenes ya no están acostumbrados y por eso la obra puede llegar a serles chocante. Reitero, esto va más allá de lo que un fiel adaptador puede hacer.


En cuestión de dirección hay que tomar mucho en cuenta la buena química de toda la compañía Faramalla Teatro, que es la compañía que presenta la obra (increíble que hasta este punto tan avanzado de la opinión apenas diga el nombre de la agrupación). Esta buena química siempre ayudará a la dirección. Desde que conozco el trabajo de este joven director que conocí organizando eventos pastoriles en el CAD, lo considero una persona que cuida los detalles y que gusta de mantener la disciplina en sus trabajos, como por ejemplo, en TERAPIA DE PAREJA, otra obra que también he visto

con esta compañía y bajo su dirección. La de LA MUJER NO HACE MILAGROS, es una buena dirección que sabe resolver los retos de espacio y, por supuesto, lidiar con las inquietudes de tantos actores en escena. A mi gusto solo mejoraría dos cosas.


1. Las discusiones familiares. Si bien siempre es gracioso ver a una familia discutir en escena, y más tratándose de comedia, dichas discusiones de la familia en la puesta en escena las sentí muy “sucias”, atropelladas en los diálogos, y tomándose muchas libertades con la improvisación. Discutir sí, pero con orden, porque a veces me perdía entre lo que decían los personajes y no sabía a qué ponerle atención y qué no.


2. El amor. Aunque este tópico también depende mucho de los actores en cuestión, el director juega un gran papel. En la escena de la declaración amorosa de Herminia con su “enamorado”, no sentí ese amor, ese apasionamiento de una mujer de 25 años, con varias relaciones encima, cuando su hombre soñado le declara su amor. Para mí podría ser una escena de gran explosión y de gran recurso escénico, y que podría caer mucho más en la comedia. Como dije también depende de los actores, por ejemplo, Herminia en la obra tiene unos 25 años, y la actriz que lo interpreta, Dulce Padilla, de quién escribiré más adelante, ronda los 20. Cinco años parecen poco, pero hay que recordar que “más sabe el diablo por viejo que por diablo”.


Por lo demás, la dirección fue agradable.


Toca el turno de las actuaciones. Y varios son los que actúan aquí. Primero, honor a quien honor merece, el señor director Adonai, en el papel de “Ricardo”. Su personaje es el más joven de la obra y no destaca mucho pero creo que fue una decisión tomada con plena conciencia por él mismo para dejar el protagonismo a los demás. Me ha gustado mucho su desempeño en papeles más dinámicos, o en teatro infantil. Por ejemplo, en EL CUENTO QUE CUENTA TINO…, obra que él mismo creó, para mí es muy

bueno. De aquí pasaré a las actuaciones masculinas. Para un servidor todas tienen mérito, pero una destaca: la de Aldair Loyo. En el papel de “Bernardo”, Aldair funge como mancuerna de su hermano “Ricardo”. He visto actuar juntos a Aldair y Adonai en otras ocasiones; se entienden en escena, y eso ayuda a generar un aire de complicidad entre ambos personajes. En lo particular, me interesará ver a Aldair Loyo en próximo papeles, pero ahora serios, con más trasfondo. Su actitud y su desempeño, creo,

lo colocarían en un destacado lugar como actor de carácter. Lo veo a él como por ahí dicen: hombre cabal, fina estampa y elegancia.



Llegando a la delicada actuación femenina, que me cautivó, me enfrenté a un dilema sobre quién era mi favorita de entre las dos actrices de la obra: Dulce Padilla, en el papel de Herminia, o Diana Vázquez en el papel de “La Madre”. Y aunque tuve que dejar de lado mi sentimiento de orgullo filial hacia mi coterránea atlixquense, debo decir que Dulce estuvo brillante. Que no se malentienda, la joven Vázquez se desempeña exitosamente en el tablado, en verdad siente su papel, pero Dulce Padilla, aunque más joven, irradia la pasión por su oficio: el de la actuación. Si pones tu confianza en ella en esta obra, no saldrás defraudado: un volumen de voz adecuado para cubrir sin problemas el espacio, seguridad en movimientos, texto trabajado. Es una de las mejores integrantes de esta compañía que ha tenido y seguramente tendrá. Además, hoy por hoy, tiene el plus de la juventud y la belleza.


Desde esta tribuna literaria, mis felicitaciones al elenco entero, incluyendo a su equipo técnico.


Estas opiniones siempre las hago por lo apresurado del mundo modernos, que muchas veces no deja que me siente en persona que estas compañías a platicar éstas y muchas más impresiones, por lo que espero que, cuando alguien vea que reseño su obra en la Angelópolis, lo sienta como una charla de amigos e imagine que estamos tomando un aromático café en el Centro de la ciudad.


Me atrevo, para finalizar, a mencionar los detalles que para mí pueden mejorar: el personaje de “Roberto” casi no se escuchó hasta donde yo estaba, aunado el ruido del tráfico de la calle que estaba muy cerca del escenario, por momentos tuve que esforzarme para escuchar al actor. Algo que se perdió, y me dio lástima, fue la proyección en video del tráiler de la obra, al inicio de la representación, y que

sirve como una especie de prólogo, esto se debió a que la pantalla blanca de proyección estaba con muchos pliegues, un gran trabajo audiovisual que no pudo lucir por este hecho. Detalles mínimos al fin y al cabo errare humanum est.


Lo que no se debe olvidar: el gran trabajo y manejo de medios de comunicación, previo al estreno. Hoy, si no estás en los medios, no estás.


Hagan patria estatal y vean esta y todas las demás obras de la comunidad artística poblana, pero si van a esta tomen en cuenta que dura una hora y media.

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